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Por qué queremos vivir tanto?

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Personas caminando con sus maletas frente al reloj de la Gare de Lyon en París

En septiembre de 2025 ocurrió algo curioso durante un desfile militar en Pekín.

Xi Jinping caminaba junto a Vladimir Putin y Kim Jong-Un cuando un micrófono abierto permitió escuchar parte de una conversación que probablemente nunca estuvo destinada al público.

No estaban hablando de guerras.

Ni de economía.

Ni siquiera de política.

Hablaban de vivir más.

El traductor de Putin mencionó los avances de la biotecnología y la posibilidad de reemplazar órganos. El líder chino respondió que algunas predicciones planteaban que durante este siglo los seres humanos podrían llegar a vivir 150 años.

Putin confirmó después que aquella conversación efectivamente había ocurrido.

Me llamó la atención.

Porque podemos tener poder, dinero, reconocimiento, propiedades o prácticamente cualquier cosa que podamos imaginar.

Pero hay algo que seguimos sin poder comprar de manera ilimitada.

Tiempo.

Y quizás por eso nos interesa tanto la idea de vivir más.

No necesariamente porque queramos llegar a los cien años.

Mucho menos a los ciento cincuenta.

Quizás simplemente tenemos demasiadas cosas que todavía queremos hacer.

Queremos viajar.

Conocer lugares.

Ver crecer a nuestros hijos.

Quizás conocer a nuestros nietos.

Leer libros que todavía no hemos leído.

Aprender cosas que hoy ni siquiera sabemos que existen.

Empezar proyectos.

Terminar otros.

Volver a ciertos lugares.

Sentarnos nuevamente a conversar con determinadas personas.

Tenemos tanto por hacer que una vida empieza a parecernos sorprendentemente corta.

Y hay algo particular en nuestra época.

Nunca habíamos tenido tantas posibilidades delante de nosotros.

En unos pocos minutos mirando una pantalla podemos descubrir un restaurante en París, una playa en Indonesia, una caminata por la Patagonia, un libro recién publicado, una tecnología que desconocíamos o una persona haciendo algo que jamás se nos había ocurrido hacer.

El mundo se hizo enorme justo cuando empezamos a sentir que el tiempo era pequeño.

Quizás por eso vivimos con tanta prisa.

Queremos hacer más.

Conocer más.

Viajar más.

Aprender más.

Crear más.

Y paradójicamente, mientras deseamos tener más tiempo, muchas veces vivimos tratando de hacer que pase más rápido.

Esperamos que llegue el viernes.

Que termine una reunión.

Que pase el invierno.

Que lleguen las vacaciones.

Que termine el año.

Miramos el reloj esperando que sean las seis.

Y después miramos el calendario preguntándonos cómo puede ser que ya estemos en septiembre.

Es extraño.

Queremos que algunos minutos pasen rápido y que los años pasen lento.

Tal vez porque el tiempo se ha convertido en una de las grandes formas de riqueza de nuestra época.

No hablo necesariamente de tiempo libre.

Hablo de tiempo.

Tiempo para decidir qué hacer con él.

Porque también podemos tener una tarde completamente disponible y no saber qué hacer.

Podemos disponer de horas y sentirnos aburridos.

Tener tiempo y saber qué queremos hacer con él son cosas distintas.

Quizás el verdadero privilegio sea tener ambas.

Tiempo y algo que todavía queramos hacer.

Por eso la longevidad resulta tan fascinante.

No solo porque la ciencia pueda permitirnos vivir más, sino porque inmediatamente abre otra pregunta:

¿Qué haríamos con todo ese tiempo?

Supongamos que mañana alguien pudiera garantizarnos treinta años adicionales en buenas condiciones.

Treinta años. Más de diez mil mañanas!

Qué haríamos con ellas?

Probablemente la respuesta no sería simplemente existir.

Querríamos que algo ocurriera dentro de esos días.

Porque quizás nadie quiere vivir mucho solo para acumular cumpleaños.

Queremos seguir aquí porque suponemos que todavía habrá algo que valga la pena ver.

Algo que aprender.

Alguien a quien querer.

Algún lugar al que ir.

Alguna historia cuyo final todavía desconocemos.

Quizás por eso aquella conversación en Pekín me resultó tan interesante.

Tres hombres caminaban hacia uno de los mayores desfiles militares del mundo.

A su alrededor había soldados, cámaras, autoridades y armamento.

Pero durante unos segundos hablaron de la posibilidad de vivir 150 años.

De todas las cosas que podemos acumular, probablemente el tiempo siga siendo la única que nunca sentimos que tenemos suficiente.

Y no podemos guardarlo para después.

Quizás por eso queremos vivir tanto.

Tenemos demasiadas cosas que todavía queremos hacer.

Y el verdadero lujo de nuestro tiempo quizás sea, precisamente, tener tiempo.