Para qué quieres estar bien?

Sabemos muchas cosas sobre cómo cuidarnos. El problema es que saberlas no siempre cambia lo que hacemos. Tal vez no nos falta disciplina ni voluntad. Tal vez nos falta una razón.

Sabemos muchas cosas.

Sabemos que deberíamos dormir mejor. Caminar más. Comer un poco menos. Movernos. Apagar el teléfono antes de acostarnos. Tomarnos las cosas con más calma.

El problema es que saberlo no parece cambiar demasiado las cosas.

Podemos conocer perfectamente lo que nos hace bien y seguir sin hacerlo.

Y durante mucho tiempo pensé que eso tenía que ver con disciplina.

Hasta que empecé a notar algo curioso.

Hay personas que dicen que no tienen tiempo para caminar veinte minutos, pero pueden recorrer durante horas una ciudad cuando están de vacaciones.

Personas incapaces de levantarse temprano para hacer ejercicio que, si tienen un avión a las seis de la mañana, están de pie antes de que suene el despertador.

Y todos conocemos a alguien que ha sido capaz de hacer por un hijo, una pareja o alguien que quiere cosas que probablemente nunca habría hecho por sí mismo.

Entonces quizás no nos falta voluntad.

Quizás nos falta una razón.

Porque una cosa es caminar diez mil pasos porque alguien dijo que es saludable.

Y otra muy distinta es querer seguir teniendo piernas capaces de llevarte a ese lugar que todavía sueñas conocer.

Una cosa es cuidarse para “vivir más”.

Y otra es querer estar aquí para ver crecer a alguien.

La medicina suele decirnos qué tenemos que hacer.

Dormir. Movernos. Comer mejor. No fumar. Beber menos.

Y todo eso importa.

Pero hay una pregunta que quizás hacemos demasiado poco:

Para qué quieres estar bien?

No tiene que ser una gran misión.

Puede ser un viaje. Una persona. Un proyecto que todavía no terminas.

Algo que quieres aprender.

O simplemente conservar durante muchos años la libertad de seguir haciendo las cosas que hoy das por sentadas.

Tal vez por eso el propósito importa tanto.

Porque cuando existe algo que realmente queremos al otro lado, algunas cosas dejan de sentirse como obligaciones.

Empiezan a tener sentido.

Quizás el problema nunca fue encontrar qué hacer.

Era encontrar para qué hacerlo.